RITMOS

(Cáparra, Granadilla, Hervas, Candelario, Bejar)

Desde que nuestra amiga peluda, Tula, acompaña nuestras vidas -y va para 15 años aunque ella sume uno más-, ella se ha adaptado a nuestros ritmos, sobre todo en los viajes a donde nos ha acompañado demostrando ser una compañera infatigable. Pero ahora, en su vejez, debemos ser nosotros los que nos intentemos adaptar a sus ritmos.

Así que preparé una salida breve, no solo por el mes, ya casi en diciembre con días más cortos y fríos, sino por su edad y su estado, impredecible por completo y apunté a unos lugares que desde la pandemia quise conocer.

SOBRE NUESTRA AMIGA: la tarde del 7 de marzo de 2025, lluviosa y triste, el corazón de nuestra  fiel amiga y compañera dejó de latir.  

Ese pequeño corazón maltrecho y luchador que tanto nos dio, se paró. Se durmió en los brazos de Angel acariciada y acompañada por toda su familia, nosotros y nuestros hijos. 

No podíamos permitir que sufriera más. De sus 17 años nos había regalado 16 desde que vino a casa.  Titiritera, vivaracha, alegre y cariñosa. Nos acompañó en nuestros viajes y cuando nuestros hijos marcharon en busca de sus vidas, ella permaneció con nosotros, llenando el parte el hueco que ellos iban dejando. 

Nos lo dio todo, y aprendimos de ella y con ella. Nos regaló paseos por el monte, carreras detrás de todo lo que se movía, mejoró y alegró nuestras vidas y juntos, superamos la pandemia llenando esos tristes y solitarios días de confinamiento. 

Este, sería su último viaje aunque hubo una salida en enero de 3 días a la playa.


Debe haber algún sitio especial a donde estos ángeles peludos de cuatro patas vayan cuando nos dejan. Tanta lealtad, tanto amor, no pueden desaparecer.

Amiga Tula, nunca te olvidaremos, siempre permanecerás en nuestros corazones, junto a Mara y allá donde estés, espero que nos esperes para acompañarnos en nuestro último viaje.

Nuestras citas médicas nos impidieron salir hasta el mismo jueves día 28 en el que por la N-V pusimos rumbo a la ciudad romana de Cáparra, que teníamos de camino hacia nuestro destino central: Granadilla. Pero como siempre, salimos tarde, y el horario de invierno nos impidió llegar a tiempo para visitar este lugar así que nos dirigimos a nuestra meta, al poblado del embalse de Gabriel y Galán, próximo a Zarza de Granadilla (40.2202, -6.1250) a una explanada junto a un campo de futbol.

Bonito y tranquilo lugar, además de peculiar ya que se trata de un poblado fundado  en la década de 1950, cuando empezaron las obras de construcción del embalse de Gabriel y Galán y los obreros hacían vida en el pequeño campamento que formaron. A partir de ahí se construyeron viviendas y su población se hizo permanente. Vimos algunas viviendas habitadas, pero pocas.

Tras una tranquila y nada fría noche, la mañana del 29, viernes, y en una decisión casi de última hora, decidimos regresar para visitar la ciudad romana de Cáparra. Yo  casi lo desestimé ya que teníamos que ir hacia atrás y la carretera no parecía buena, pero teníamos tiempo más que suficiente así que acompañados por un hermoso paisaje de dehesas donde se alternaban la encina y el alcornoque sobre campos tapizados de un verde intenso, llegamos en escasa media hora a la ciudad romana de Cáparra.

Dejamos la autocaravana en su pequeño aparcamiento y nos dirigimos a visitarla.

Actualmente están haciendo pequeñas obras pero pudimos disfrutar de su pequeño anfiteatro, a las afueras de lo que fue esta ciudad.

Llegó a ser un importante nudo de comunicaciones entre Mérida y Astorga al estar situada en un punto estratégico de la vía de la plata. Después nos adentramos por su vía principal para acercarnos al “arco de Cáparra”, símbolo de esta ciudad, del siglo I D.C. Tiene cuatro arcos de medio punto sujeta por cuatro pilares, lo que da lugar a una estructura cuadriforme única en la península.

Este arco da paso al foro y a las termas de las que se pueden observar varios restos.

El entorno que rodea esta ciudad es muy hermoso y la escasez de gente que la visitaba unido a la peculiaridad de este arco, hizo que nuestra visita mereciera la pena.

Y es que ya a nuestra edad nos apetecen lugares que destaquen del resto por alguna peculiaridad en especial, aunque no diré nunca, porque así no lo pienso, que “todas las ruinas romanas son iguales” o “que todos los castillos o palacios, o lo que sea, son iguales”. Cada uno destaca por algo, todos guardan sus tesoros, pero nos apetecen ya especialmente aquellos que presentan alguna singularidad. Y esta ciudad la tiene en su arco.

Estar debajo y en el centro de él y elevar la vista para contemplar la perfección con que las piezas han sido ensambladas y que permanecen 1900 años después, es una maravilla. Y no puedo dejar de recordar a mi viejo catedrático de historia en el instituto, Don Francisco Pérez, que se preguntaba cómo era posible que una construcción romana perdurara siglos y siglos en el tiempo, y una casa construida en el siglo XX no. Y terminaba calificando de “sinvergüenzas” a los arquitectos y constructores actuales.

Observamos los agujeros que tenían las piedras del arco y cuando preguntamos nos dijeron que eran las “grapas” que sujetaban las piedras, al igual que en el coliseo romano. Suponen igualmente que el arco debió de estar recubierto de mármol, pero no se han encontrado restos.

Atrás dejamos este interesante lugar para dirigirnos ahora a Granadilla, a unos 25 km escasos de donde estábamos.

Unos kilómetros antes de llegar, nos envuelve un  hermoso paisaje de pinares. Su belleza hizo que incluso Pedro Almodóvar eligiera este lugar para situar el final de su película “¡Átame!”.

La carretera discurre entre suaves lomas arboladas y observamos algunos turismos aparcamos en espacios preparados para ello. Suponemos que buscando níscalos, pero no tenemos ganas de enfadarnos porque no encontremos ninguno, así que decidimos seguir hasta nuestro destino disfrutando de este entorno.

Al final de la carretera saliendo de la masa boscosa, aparece la imponente figura de la torre del castillo de Granadilla. A sus pies, el aparcamiento. Y mientras paseamos con nuestra compañera peluda observamos un grupo  de unos  nueve ciervos paseando y pastando tranquilamente en el límite con el pinar, junto al embalse.

Dejamos que nuestra amiga estire un poco las patitas, para dejarla esperándonos dentro mientras efectuamos la visita a esta villa completamente amurallada.

Esta hermosa ciudad medieval fue desalojada a mediados del siglo pasado para ser inundada. En 1955 se decretó su expropiación y sus vecinos fueron indemnizados con una tercera parte de su valor. En 1961 se les notificó que el pueblo y las fincas eran del Estado y que no podrían reclamar derecho alguno. El éxodo continuo según crecía el nivel del pantano y los últimos moradores se fueron en 1964. El embalse inundó las fértiles tierras de la Vega Baja, de modo que los medios de vida de la población desaparecieron.  El pueblo no se inundó, pero se vio aislado en una península con una sola vía de difícil acceso por el norte, ya que por entonces todas las carreteras también quedaron inundadas. Sus vecinos emigraron en un pueblo de colonización cercano a Plasencia o a núcleos industriales. En los años siguientes quedó completamente abandonado.

En 1980  fue declarada Conjunto Histórico-Artístico y eso la salvó comenzando su restauración. Desde entonces muchos estudiantes acuden cada año a ayudar a rehabilitar el pueblo. Pero no está exenta de polémica ya que hay partidarios de que el pueblo siga siendo utilizado por estudiantes de acuerdo al Programa de Recuperación de Pueblos Abandonados y otros lo son de que se anulara el decreto de expropiación de 1955 y se restituyera a los antiguos vecinos la propiedad sobre las casas de sus antepasados.

Traspasamos su muralla, circular y de origen almohade y una de las mejores conservadas de toda España, junto a la de Lugo y la de Ávila, por una puerta donde una joven nos informa del recorrido que podemos realizar sugiriéndonos que comencemos por el castillo torre.

El castillo es el elemento más llamativo de Granadilla. Es una estilizada edificación que levantó el primer duque de Alba en el siglo XV,  de cuatro plantas, dos para las estancias con bóveda de cañón en las habitaciones y una planta superior donde aún se conserva el salón de Armas.

Como peculiaridad conserva un “cuarto de baño” de la época en una de sus habitaciones.

Ascendemos descubriendo las sencillas estancias que lo conforman hasta llegar arriba donde podemos disfrutar de una impresionante panorámica de todo el paisaje, de la ciudad y del embalse.

Descendemos para recorrer sus solitarias calles a las que se asoman las casas, la mayoría en ruinas ya que lo que se está reconstruyendo parte de la plaza mayor por la calle central hasta la puerta de acceso.

Y el lugar tiene un encanto especial, parece suspendida en el tiempo, congelada seguramente desde que el último de sus vecinos abandonó su hogar y sus calles. Pero parece guardar muchas historias en cada uno de sus rincones. Descubrimos viejas puertas, o ventanas desvencijadas, muros de piedra con sus poyos esperando la tertulia de sus vecinos o su silencio a la sombra en una calurosa tarde de verano.

Llegamos a la playa mayor con sus coloridas viviendas y su casa de las conchas y caminamos por lo que parece ser la calle principal cuyas viviendas han sido restauradas y actualmente son talleres.

Y al atravesar de nuevo la puerta de la muralla para abandonar la ciudad, sentí que era devuelta al siglo XXI dejando atrás la magia de esta ciudad.

Nos dirigimos ahora hacia Hervás, pero antes nuestro destino pasa por una parada junto al alcornoque de La fresneda  en Aldeanueva del Camino, (40.27514, -5.93084).

Lo encontramos en la misma carretera, junto a otros alcornoques y encinas, rodeado de un bonito entorno.  Este ejemplar de 400 años, está declarado “Arbol singular” y es uno de los mayores alcornoques del mundo, un auténtico dinosaurio. Tiene una altura de 20 m, un perímetro de 6.8 m y un diámetro de copa de 27,5 m. Pero está  “apuntalado” con barras ya que su estado de conservación es regular presentando numerosas verrugas, ocasionadas por sacas de corcho mal hechas. También parece defoliado y tiene mucha ramillería seca.

Ahora ya ponemos rumbo a Hervás. Nuestra idea era comer allí y pernoctar para por la mañana, visitar su barrio judío.  Pero ninguno de los dos lugares que visitamos, nos convenció: junto a la plaza de toros, bonito lugar, pero solitario y apartado y unos metros más abajo, era casi en la carretera, así que decidimos buscar un sitio donde pudiéramos aparcar la autocaravana y visitar después de comer el barrio judío. Y lo hicimos junto al museo del ferrocarril, (40.2703, -5.8593).

Después de comer caminamos unos cinco minutos para introducirnos en el barrio judío, uno de los mejor conservados del país y  declarado Conjunto Histórico-Artístico. 

Nos sumergimos en el laberinto de callejuelas en cuesta, empedradas de cantos rodados   y casas amontonadas unas junto a otras, de dos y tres plantas, de mampostería armada con vigas de madera entre adobes de barro y ladrillo, tejas o tablones laterales, como elementos constructivos característicos. 

El entramado de madera, generalmente de castaño, el ladrillo y el tapial, junto con las tejas o tablones laterales, son los elementos constructivos característicos. Los balcones volados y aleros dotan de tipismo a muchas de estas construcciones.

Hay rincones realmente bellos. Todo resulta armonioso y limpio y pasear por sus silenciosas calles es una delicia. 

Allí encontramos la calle más estrecha de España, la Travesía del Moral, con apenas medio metro de ancho.

Perdidos por este laberinto, salimos casi sin percatarnos, hasta llegar al puente sobre el río Ambroz y allí ascendimos por una calle siguiendo una señal que indicaba al “patio de cactus”.

Recordarlo me dibuja una sonrisa. 

Descubrimos un pequeño patio donde su propietario había ido cultivando cientos, quizás miles de pequeños cactus que nacían en cualquier lugar, una pequeña concha, un tiesto minúsculo, en el pequeño hueco de un trozo de  corteza de alcornoque, en pequeños  recipientes de barro...otros en macetas de mayor tamaño, o recipientes de plástico…Era un espacio abigarrado donde no quedaba ni un centímetro donde no creciera una de estas plantas.

Sorprendente la dedicación de su dueño. Horas y horas dedicadas a esta extraña afición. Pero seguramente hay otras más raras y que no son compartidas con el público como lo hace este buen hombre.

Con la cara de sorpresa aún, dejamos este curioso lugar ascendiendo por cuestas hasta retomar la calle por donde habíamos venido para regresar a la autocaravana.

Y al salir nos esperaba un pequeño susto. Tomamos el sentido equivocado pero el navegador, en vez de indicarnos que diéramos la vuelta, nos dirigió al casco histórico. Al llegar a una plaza donde había un balcón voladizo nos detuvimos. Ya no era evitar darnos con este saledizo, era que la calle se estrechaba. Así que me acerqué y pude comprobar con horror que nos metíamos en el casco viejo. Un buen hombre nos preguntó que qué queríamos hacer y le respondí sin pensar: “salir de aquí” así que después de decirnos que más adelante la cosa se ponía peor, nos indicó que diéramos marcha atrás y giráramos para salir por donde habíamos entrado y menos mal que era de doble sentido, porque si no, habría parado el tráfico para salir antes de meterme en esa trampa mortal.

Y después de este incidente que resolvimos sin mayor problema,  nos dirigimos a Baños de Montemayor, a su área de autocaravanas, para pasar la noche. (40.3128, -5.8633). Pequeña, tranquila pero suficiente.

La mañana del sábado día 30, luce luminosa y después de desayunar decidimos visitar Candelario.

Dejamos Bejar atrás y ascendimos los pocos kilómetros que separan esta localidad de Candelario. 

Allí dejamos la autocaravana en un aparcamiento a las afueras,  y al que se accede sin problemas (40.3695, -5.7449). A primera hora de la mañana  está todo muy tranquilo así que fuimos ascendiendo por sus empedradas calles disfrutando de su arquitectura y de su tranquilidad.

Candelario está colgado de la ladera de la montaña trepando escalonadamente por ella y esta configuración hace que las calles principales estén en sentido de la pendiente. Están recorridas por “regaderas” o canales por los que circula el agua, y que sirven para el riego de las huertas cercanas y antaño, en época de matanza, para arrastrar los despojos y la sangre en la matanza del cerdo. Sus aguas proceden de los manantiales y del deshielo de la sierra.


Y si bien el paseo resulta cansado, vamos desgranando rincones con mucho encanto.


Otro elemento característico y que aparece enseguida integrando toda su arquitectura son las batipuertas,  una especie de medias puertas que protegen el acceso a las casas desde el exterior. De madera y con algunas formas en la parte superior, parece ser que tenían diversos usos, desde  proteger la casa de la nieve que se acumulaba en calles y accesos debido a las frecuentes nevadas, pasando por ventilar la vivienda sin temor a que entrara el ganado que merodeaba por las calles hasta ser un elemento añadido en su tradición chacinera y de la matanza.  

Numerosas fuentes (hasta once) se esparcen por numerosos rincones, cada una con su peculiaridad acompañando con su suave música nuestro recorrido.

Dimos un tranquilo paseo sumergidos por sus calles y disfrutando de esta arquitectura popular donde las balconadas de madera son un elemento también muy característico.

De regreso a nuestra autocaravana y como disponíamos de tiempo, decidimos visitar  el jardín histórico “el Bosque de Béjar”, a un kilómetro de Bejar.

Los accesos no son buenos y carece de aparcamiento por lo que tuvimos que dejar la autocaravana en un lado de lo que es una pista forestal a las afueras de Bejar. Caminamos unos metros hasta llegar a este singular lugar.

A la entrada nos espera una persona que nos da un plano, nos explica brevemente la visita y nos cobra un euro a cada uno (precio de jubilado, el importe completo es de euro y medio).

Inicialmente se edificó un palacete, un estanque, parques y jardines resultando un bello conjunto conocido por “El Bosque” convirtiéndose en un lugar de descanso, de recreo y caza.

Lo primero que encontramos junto a un edificio cuadrado de lo que debió de ser el palacio y que carece de encanto, es un estanque rodeado de varias fontanas de piedra y en su centro hay un templete, una estructura metálica que según nos cuenta no es la original, que en su día fue de piedra.

Lo recorremos y en una de sus esquinas vemos un tejo, único al parecer en la zona, de unos cuatro siglos de edad, posiblemente más. 

Y tengo que reconocer que inicialmente me llamó la atención mucho más una enorme secuoya que estaba en los jardines inferiores y fue el joven empleado el que, al preguntar por los años de este árbol, me dijo que mucho más longevo era este tejo, además de ser peculiar por ser único en la zona.

Antaño por este estanque navegaban pequeñas barquillas y también era utilizado para regar los jardines inferiores y la huerta.

Vamos rodeándolo hasta asomarnos a la terraza inferior, donde hay un jardín con árboles gigantescos, entre los que destaca la secuoya.

Descendemos por sus escaleras y paseamos por este pequeño jardín. 

Tiene cierto aire romántico y resulta muy acogedor. Al final, hay otra terraza que da acceso a parte más inferior que son las antiguas huertas. Por aquí estaba también la entrada principal al palacio.

Y ahora ponemos rumbo a Puente del Congosto a donde llegamos después del medio día.

Traspasamos el río y aparcamos junto a él en una pradera al lado de un parque (40.4899, -5.5229).

Caminamos por el puente hacia el pueblo y asomada a rio Tormes  acuden a mi memoria recuerdos muy fugaces de mi adolescencia. Aquí estuve con mis padres y hermana cuando tendría posiblemente 14 años. Supongo que coincidiría con la época en que mi padre se compró un Seat 850 y aprovechamos aquel verano para visitar Candelario y paramos aquí en nuestro camino. Las enormes lanchas de piedra que nos sorprendieron hace 50 años, continuaban aquí, lamidas por el agua que discurre rápida hacia el Duero.

Al otro lado, resalta la figura del puente medieval  con trece arcos de medio punto y paso de una cañada real que lleva al Castillo de los Dávila, de marcado carácter defensivo y de control estratégico del paso del puente.

Este castillo ha sido alojamiento de Isabel la Católica y posteriormente de su nieto, Carlos I a su paso hacia Yuste.

El interés de esta localidad se centra en este puente y su castillo. Así que una vez que recorrimos sus calles, -desiertas a pesar de ser sábado y haber una estupenda temperatura- nos acercamos a las murallas del castillo, por cierto, muy parecidas a las de la ciudad de Avila, regresando a la autocaravana a comer. Y si nuestra idea inicial había sido desplazarnos 20 kilómetros más hasta Piedrahita para pernoctar, no lo hicimos ya que el sitio nos pareció muy tranquilo y allí nos quedamos a descansar y pasar la noche.

Y a la mañana siguiente, el domingo dia 1, después de desayunar, regresamos a Boadilla.

Escapada corta, lo que nos permite nuestra amiga peluda porque ahora parece ya que más tenemos un niño que un perro. Tenemos que estar pendientes de ella, si come, si bebe, si quiere hacer pis, caca, si duerme….si se mueve…en fin. Ha sido una compañera de vida y de viaje estupenda, pero…llegamos al final y soy consciente de que llevo diciendo esto prácticamente desde mayo y que casi en septiembre se nos fue, pero recibimos el regalo de unos meses más de vida, y mientras esté como ahora, mientras lleve una “buena vida de perro”, seguirá.

Boadilla del Monte, Diciembre de 2024

Maria Angeles Del Valle Blazquez